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El camino que llega a la sociedad humana esta forjado por el trabajo, pero casi siempre cuando a una persona se le menciona el vocablo trabajo, inmediatamente piensa en castigo, esfuerzo, sacrificio o sufrimiento; pocas veces el amor, la dedicación, el deber, la satisfacción, el goce o la responsabilidad ante él, experimentan alguna sensación. Lo cierto es, que la historia del trabajo humano tiene muchas páginas grises desde su surgimiento hasta nuestros días y muchas glorias por contar.
En los últimos años se han producido cambios estructurales profundos a nivel mundial que hacen que el trabajo sea más asequible y menos accesible, no sólo por la crisis del empleo que azota a la humanidad, sino también por lo que compete al ámbito cultural; o sea, la valoración y el sentido que el trabajo ha tenido históricamente para la sociedad.
El trabajo, como una construcción social, ha dibujado diferentes significados a lo largo de la historia humana; la consideración del mismo como castigo, obligación o maldición por parte de los antiguos griegos y romanos, la centralidad que adopta en los escritos de Lutero y Calvino, como signo de salvación y valoración social en los albores del capitalismo, la teorización por A. Smith y D. Ricardo acerca del trabajo humano como creador de riqueza, el reconocimiento por Weber, de que a partir los cambios culturales del capitalismo, comienza a practicarse una “ética del trabajo”, basada en la exaltación del éxito individual del que trabaja tenazmente, que convierte en virtudes la austeridad en el consumo y la propensión al ahorro. Esta “cruzada moral” que despliega la sociedad industrial capitalista, se acompaña de la explotación del trabajo ajeno mediante la obtención de plusvalía, al convertir la fuerza de trabajo en una mercancía, aspecto que sale a la luz cuando Marx en 1867, publica el primer tomo de “El Capital”, aunque ya desde los “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”, se analiza la génesis y esencia del carácter enajenado del trabajo, ya convertido en trabajo asalariado. Conocidas son las durísimas condiciones en que se desarrollan las largas jornadas laborales de la primera industrialización y las luchas obreras por sus reivindicaciones económicas, con sus tristes episodios como el de las Mártires de Chicago en 1887, que murieron por hacer valer la máxima: ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa.
Cuando “la mano invisible del mercado” no pudo regular el sistema capitalista de producción el keynesianismo con su intervención normativa del Estado en la economía desarrolla políticas sociales que mejoran notablemente la situación laboral; con el trabajo, ya regulado y convertido en empleo, se crea el idilio que el capitalismo puede asegurar el pleno empleo. Para nosotros, el concepto realmente relevante es el trabajo y no el empleo. El empleo es un concepto limitado que viene definido por un conjunto de tareas o actividades predeterminadas asignadas a plazos concretos, se sitúa en un marco de insumos-resultados donde el trabajo es el insumo y el producto o servicio su resultado. Sin embargo, el concepto empleo no abarcan el trabajo creativo (por ejemplo, la obra de un escritor o pintor); el empleo no abarca tampoco el trabajo no remunerado de cuidar a otras personas ni tampoco incluye el voluntariado. Así, el trabajo es un concepto más amplio, que abarca el ámbito laboral, pero que también va más allá mediante la inclusión de las dimensiones mencionadas arriba, que tradicionalmente no entran el marco del empleo, pero que son fundamentales para el desarrollo humano. Selim Jahan, director de la Oficina del Informe sobre desarrollo humano, considera que el trabajo da rienda suelta al potencial humano, a la creatividad, a la innovación y a la imaginación.
Entonces, vale la pena citar a Marx cuando refiere que “el trabajo es, en primer término, un proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que este realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materia con la naturaleza…Pone en acción las fuerzas de la naturales que forman su corporeidad, los brazos, las piernas, la cabeza y las manos para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza”. Esta definición cobra especial significación para la sociedad y la educación de la personalidad portadora de valores éticos y estéticos que contribuyan al desarrollo.
Otro significado del trabajo se aprecia en el keynesianismo, el cual refuerza el egoísmo y el individualismo, alentaba la necesidad de todos los tipos de consumo aunque fuesen despilfarradores, paradójicos y desmedidos, enaltece el consumo y emerge así el consumismo como uno de los valores que desde el punto de vista ético – económico regula la sociedad, más tarde finalizando el siglo XX veremos una exaltación mayor, en teóricos capitalistas que hablan de “consumo de masas” y de “cultura del consumo”. Comienza aquí el tránsito de la “ética del trabajo” a la “estética del consumo”, que explica el sociólogo inglés Z. Bauman en su obra: “Trabajo, consumismo y nuevos pobres”.
Estos significados han sido congruentes con los determinantes económicos, políticos, sociales, culturales y religiosos propios de cada época histórica. No se equivocó Engels cuando dijo que “el trabajo es la condición básica de toda la vida humana”, tal es así que mediante la actividad laboral, el mundo actual alcanza una gran singularidad, matizada por el desarrollo científico técnico y la utilización cada vez mayor de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTICs) en la vida cotidiana que abre las puertas a las nuevas formas de interactuar que se tejen en un complejo de relaciones culturales y sociales, es peculiar también la aparición, en breve tiempo, de nuevos constructos como: complejidad, pensamiento complejo, interdisciplinariedad, transdiciplinariedad, aldea global, sociedad del conocimiento, gestión del conocimiento, comunicación en redes, ciberespacio, ciberguerra, desarrollo sostenible, modernidad liquida, ética empresarial entre otros que dinamizan el pensamiento científico y abren nuevos debates y reflexiones, detractores y seguidores de los cambios hacen notar una época en transición para bien o para mal de la humanidad en general.
La magia de esta singularidad está en que ninguna otra especie, como la humana, es capaz de pensarse a si misma desde su propia complejidad y la que le rodea. Por eso, la vida contemporánea nos brinda la posibilidad de debatir acerca de la necesidad de adoptar nuevas actitudes y comportamientos ante el trabajo y el consumo.
El placentero, divertido y deleitante consumo, es parte del ciclo productivo de la sociedad. Mediante el trabajo, el ser humano produce los bienes y servicios necesarios para su sobrevivencia y distribución entre sus miembros, que a ratos causa dolor y desasosiego para aquellos que en el acto del cambio descubren las desigualdades, puesto que el dinero- en casi todo el mundo- media entre el deseo y la satisfacción, consumir significa comprar para apropiarse de algo pero también destruir, a medida que consumimos, las cosas dejan de existir, como cuando comemos algo o gastamos la ropa, por ejemplo ¿Entonces, no son todas las sociedades que hemos conocido hasta ahora, “sociedades de consumo”? ¿A qué se refieren los teóricos cuando argumentan que la sociedad actual es una “sociedad de consumo”? Para dilucidar estas interrogantes no basta con considerar el hecho trivial, común y poco diferenciador de que todos consumimos.
Si bien, el consumo es una operación cotidiana e imprescindible, ligada a la producción material y espiritual de los seres humanos, a su desarrollo vital; cuando éste se produce a través de una larga publicidad que lleva a la compra de productos no necesarios y rápidamente sustituibles por otros, igualmente innecesarios y poco perdurables, con el fin de mantener la producción, cuando el hecho de consumir se torna insaciable y se experimenta un éxtasis consumista que aplasta la esencia humana y provoca la enajenación del trabajo, entonces estamos en precedía del consumismo, propio del capitalismo, destinado a actuar como mecanismo de sostenimiento de una actividad productiva creciente, una sociedad consumista, donde la llamada “cultura del consumo”, no es más que la renovación y reproducción permanente del sistema. Según A. Pino, “la cultura del consumo que debe ser entendida como conjunto de imaginarios, signos y símbolos, mitos que están determinados por las condiciones que la sociedad del mercado provee a través de sus diversos mecanismos de publicidad y promoción”.
Esta característica del capitalismo, se ha hecho más presente a partir de primera sacudida amenazadora de romper abruptamente la imagen ideal del Estado Benefactor, durante la crisis petrolera de 1973-1974, que implicó el vuelco del “pleno empleo” al desempleo masivo y permanente, a un modelo de producción fragmentado y descentralizado, desregulado y privatizador que todos conocemos por neoliberalismo, donde vuelve a protagonizar la escena económica mundial, “la mano invisible del mercado todo poderoso”, bajo el ingenio de F. Hayek y su discípulo M. Freudman.
La actividad especulativa, como parte del proceso neoliberal de desregulación de las finanzas, no solo contribuye al decrecimiento de la economía real, no solo fija como patrón el parasitismo y el individualismo; si no que además priva a aquellos que viven del trabajo de ese derecho humano, pues al reducir la inversión de capitales en la producción y los servicios no se generan empleos suficientes para todos. El amor, el deber, la consagración y el derecho al trabajo, son valores que el sistema capitalista ha puesto en quiebra.
El trabajo ha perdido su condición de cohesión social y la vocación hacia una carrera laboral regular, duradera y continua cierra las puertas para la mayoría, lo que importa es el medio no el fin, la preferencia está en consumir y crear una vocación de consumidor, la cual se satisface ofreciendo más para elegir. Así, la toma de decisiones y la capacidad de elegir, se tornan en el mundo de hoy en la mayor demanda de la educación en valores, ya que como dice Z. Bauman, hoy adoptar la actitud de consumidor es decidirse por la libertad de elegir. La sobrevaloración del consumo por encima de la producción viene aparejada con la bifurcación de la ética y la estética del trabajo, donde predomina esta última.
En la producción aun cuando está presente la división social del trabajo, valores como el colectivismo, la solidaridad y la cooperación son imprescindibles, ya que la producción de por sí es una empresa colectiva, el trabajo de cada uno necesita de la coordinación, la cooperación de otros y se necesita siempre mayor comunicación, armonía e integración entre los seres humanos. Mientras que el consumo es una actividad individual que se cumple provocando el deseo y aliviándolo, el deseo es una sensación privada y en ocasiones muy difícil de comunicar, el consumo colectivo no existe, aun cuando los consumidores se reúnan para consumir, sigue siendo una experiencia solitaria que se vive individualmente, es el enemigo natural de toda coordinación o integración. La libertad de elección en el consumo es el barómetro que mide la estratificación de la sociedad consumista y define el ideal de “una buena vida” . la acumulación, el ahorro y la inversión solo tiene sentido porque incluye la promesa futura de abrir el abanico en cuanto a las posibilidades de elegir para consumir, esto incluye según Adorno, la Ideología del hobby u «ocupación del tiempo libre», organizado con fines de lucro.
Ahora la alienación no se centra exclusivamente en el tiempo de trabajo, sino que es abarcadora de toda la existencia humana, incluido su tiempo de ocio. El tiempo libre está predestinado al consumo de imágenes espectaculares. Así lo ilustra el filosofo cubano J.R. Fabelo: “de la colonización del ocio, de la banalización del espíritu y de la extensión a todas partes de una y la misma seudo-cultura, se extrae ahora buena parte de la plusvalía global, al tiempo que el obrero, el trabajador, el subalterno, se ha convertido en espectador pasivo de su propia enajenación… El espectáculo responde al sistema instituido de valores, es el modo en que oficialmente la sociedad debe ser vista”.
Por eso, la sociedad consumista no apela a las normas éticas que regulen, eduquen y disciplinen los deseos humanos, basta con la seducción y la exhibición para provocar el “efecto vitrina” que orienta los deseos hacia las ganancias de los operadores del mercado bajo raseros estéticos y no éticos. Este hecho hace afirmar a Z. Bauman que es la estética y no la ética el elemento integrador de la “sociedad de consumidores”, el que mantiene su curso de cuando en cuando provoca su crisis. Si la ética antes premiaba el trabajo bien realizado, ahora la estética congratula las experiencia más intensas y atractivas quedando en tela de juicio, el cumplimiento del deber avalado por la acumulación gradual de experiencias profesionales. La oportunidad debe ser tomada al vuelo o te quedas sin ella.
¿Qué papel debe desempeñar la educación en este entramado de problemáticas nocivas para el buen funcionamiento de la sociedad y el desarrollo humano? En primer lugar e imprescindible definir qué educación ética y estética en y para el trabajo, es necesaria en el mundo actual.Una educación ética donde el trabajo ocupa un lugar esencial como hilo conductor para la comprensión de la esencia humana, donde se signifique el trabajo no sólo como fuente de riquezas sino también de felicidad, satisfacción y sentido de la vida, como una vía de crecimiento material y espiritual. Al decir de Martí: “esta paz del bienestar…de una población laboriosa”, ésta en el “sol del trabajo”.
Una educación estética donde lo estético se asume como resultado de una expresión ética y no como estereotipación de necesidades fabricadas, de sensaciones manipuladas, donde el el valor estético no se determine por las propiedades físicas de los objetos, sino por su contenido humano, social y el trabajo sea considerado valorado como unidad de lo bello y lo útil, como un acto de creación y goce. “Es como la elegancia mi María, [escribía J. Martí] que está en el buen gusto y no en el costo. La elegancia del vestido -la grande y verdadera,- está en la altivez y fortaleza del alma. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa y la belleza echa luz.”
Hoy el mundo asiste a la “estetización” de la sociedad, término que según J. R. Fabelo, el alude, precisamente, a la salida de las relaciones estéticas del marco en que habitualmente se les ubicaba: la esfera del arte y de lo bello. Hoy lo estético se vincula más a lo cotidiano.
Lo estético hoy funciona a través de un amplísimo canal comunicativo que rebasa las fronteras del arte y de lo bello, de los países, de las escuelas, los hogares y los barrios. la individualidad al estar siendo influida estéticamente de manera permanente, está abierta al intercambio de impresiones; recepciona posturas y es susceptible a las influencias espontáneas, locales, arbitrarias, inconscientes e intuitivas, las cuales muchas veces modelan sus gustos y preferencias. Este hecho plantea la necesidad de preparar al ser humano para elegir, para adquirir las competencias emocionales que les permita escapar de la seducción y la manipulación de la conciencia que el poder monopólico impone a la sociedad actual.
Desde esta perspectiva, la educación estética no debe ser pensada sólo desde el reducido espacio de la escuela, deben involucrarse en ella todas las agencias socializadoras y dado que es un problema global, la estrategia debe ser también global, lo cual requiere además no desconocer manifestaciones estéticas asociadas a lo marginal, lo vulgar y lo cotidiano, es importante no aferrándose a arquetipos superados por la historia, al margen de las temáticas que se debaten hoy, de las relaciones y los conflictos del mundo contemporáneo. La educación estética de la personalidad en y para el trabajo, debe ser consciente e intencional de manera que permita valorar la vida también desde el plano de lo sensible; que podamos disfrutar de ella de modo más integral, mas que imponer modelos, se deben desarrollar habilidades, despertar la inteligencia emocional sin dictar pautas matizadas por las luchas generacionales de qué es lo necesario y deseable a partir de esencias ahistóricas.
Otra aspecto que no puede faltar en el debate actual sobre la educación estética es su dimensión axiológica. Adolfo Sánchez Vázquez, plantea que toda valoración estética es una manifestación consciente de la vivencia experimentada por el ser humano al percibir un objeto. En la relación estética del hombre con el mundo, solo la vivencia directa, el carácter y la fuerza del sentimiento experimentado, son la base única, necesaria y suficiente del juicio valorativo. No la razón, no el análisis lógico sino la voz de mi propio sentimiento es lo que me dicta la valoración de lo bello, lo feo, lo trágico o lo cómico.
Al valorar estéticamente, comparamos el objeto o fenómeno en cuestión con reglas, convenciones y estereotipos adquiridos por nuestra experiencia existencial. Estas, aunque están condicionadas socialmente, se manifiestan de modo individual, lo cual explica la variedad de los gustos, variedad que no se explica al margen de las complejidades de la individualidad humana: socialmente condicionada, pero materializada en un individuo concreto con su micro – medio, su historia personal, con su psicología y condiciones específicas de vida. El ideal humano ha cambiado históricamente pero el modo en que los seres humanos han aceptado o repudiado las cosas del mundo no ha cambiado; prefieren y gustan de unas y no de otras, haciendo valer, en su práctica cotidiana, su capacidad para valorar estéticamente.
La educación en valores, sigue siendo hoy en día una de las principales problemáticas de los sistemas educativos a nivel mundial; sociólogos, psicólogos, filósofos y pedagogos buscan vías y métodos para su solución. Sin embargo, estetas como M. Sánchez, considera que frecuentemente, cuando se piensa en los valores morales y su papel en el actuar cotidiano, se olvida a su congénere más próximo (los valores estéticos), el que da forma y realidad concreta a las premisas estimativas del deber ser, y determina la asunción de estas a partir de una elección interna donde lo deseado toma forma y color, textura y vuelo. Como dijera John Dewey: “… los profetas morales de la humanidad han sido siempre poetas, aún cuando hablen en verso libre o en palabras…”
Destacando las diferencias entre la moral, conjunto de reglas sociales sobre el deber ser, y la moralidad, asimilación individual de estas reglas, J. O. Suárez Tajonera, ha insistido en el papel del principio estético como aquel en que nace y se consolida la moralidad. La moralidad tiene a su haber un componente estético subliminal, generalmente inconsciente, que no debemos subestimar. R. Pupo también en sus estudios sobre el pensamiento complejo y la ecosofía hace estos reclamos. Es urgente en las condiciones actuales articular la ética y la estética en el proceso de educación en valores y dejar atrás la idea que el valor estético es aquel que se deriva de la contemplación de una obra de arte porque lo artístico y lo estético, no son la misma cosa.
La valoración estética también contiene un componente racional y es fuente de integración de praxis, conocimiento, valor y comunicación del mismo modo que esta integración es fuente de valoración estética. Es en la interioridad del sujeto donde se gana o se pierde la batalla de la apropiación legítima o distorsionada de los valores éticos y estéticos en su interacción.Por eso, la “sociedad estetizada” y su ejercicio permanente de las relaciones estéticas no debe ser para nosotros el fin del mundo ni interpretarse como la llegada del ocaso o la depravación o la pérdida definitiva y fatal de los valores humanos. Es necesario que asumamos el reto y aprovechar las fortalezas que ella nos brinda para luchar por un mundo mejor. Un pensamiento pesimista al respecto se forma en línea con aquellos que hoy hablan de la crisis del trabajo o del fin del trabajo, problemas a los cuales hacen referencia Julio Cesar Neffa y Enrique de la Garza Toledo.Los orígenes de este debate se sitúa en el comienzo de la década del ’80, cuando el filosofo francés André Gorz formuló su provocativa tesis acerca del Adiós al proletariado, reivindica la sociedad del no trabajo y llama a luchar por ella no al proletariado sino a lo que denomina la “no clase” y el alemán Claus Offe destaca que la pérdida de centralidad del mundo del trabajo, resultaría un obstáculo insuperable para la constitución de colectivos de trabajadores con peso en la escena política.
En la década del ’90, el norteamericano Jeremy Rfkin, en un libro titulado El fin del trabajo, considera que el fin-del trabajo es algo que va a suceder indefectiblemente, debido a la globalización y la incorporación de las nuevas tecnologías de la información y los comunicaciones (NTIC), la francesa Dominique Méda considera que el trabajo no es una invariante de la naturaleza humana sino una categoría histórica y que no siempre ha sido el medio de realización del hombre ni el vínculo estructural de la vida social. Retoma en este punto Méda las ideas que ya sostenía la filósofa alemana Hannah Arendt en su crítica a la concepción marxista del trabajo. En una conferencia pronunciada probablemente en 1957 y titulada “Labor, trabajo, acción” (aspectos que considera son diferentes) Estas ideas parecen conformar la difusa neblina que entran en juego a través del tamiz de la política neoliberal.
En la lógica neoliberal, la inclusión del ser humano se mide por su inserción en el mercado como consumidor. La posesión de mercancías revestidas de valor determina las relaciones humanas. Esa prédica, que oculta las reales diferencias y contradicciones, se ve reforzada por el carácter del intercambio de mercancías y su gran fetiche, el dinero, circula «indiferente a las relaciones sociales que lo determinan», es lo Z. Bauman denomina «modernidad liquida» concepto que desarrolla la idea de Marx y Engels acerca de que el capitalismo tiene entre sus características significativas “derretir”, “disolver” todo aquello que es sólido. Según Bauman, muchas veces nos relacionamos con nosotros mismos y con los otros de forma superficial, frágil, instantánea y descartable. Relacionarse entre personas adquiere un sentido de consumir; de modo que no establecemos relaciones, sino que consumimos objetos, cosas para nuestra satisfacción inmediata. Para este autor, en la modernidad liquida, el otro es visto como un objeto que puede ser utilizado y descartado en cualquier momento, y ese sentido es más fácil coleccionar objetos, que establecer una relación estable y profunda con alguien.
A esta realidad fetichista, se oponen los proyectos educativos que buscan recuperar el significado del trabajo en su sentido económico, ético, jurídico y social, el trabajo como verdadera esencia del ser humano, como derecho retribuido para que los seres humanos puedan realizar sus aspiraciones, satisfacer sus necesidades y cumplir sus obligaciones, la dignificación del trabajo como valor social y la formación de sentimientos de amor al trabajo, son esenciales en trabajo educativo.
En esta dirección es esencial prestarle atención al fenómeno de la “juvenilización en el mercado”, procesos estudiados por los colombianos Martín Barbero, Margulis y Uresti y el venezolano Piña Narváez, quienes aluden en sentido general, que el mercado pone en circulación significados que caracterizan a la juventud, y que llenan de arraigo y fuerza simbólica a este período de la vida social. La utilización comercial de estos signos contribuye al surgimiento de un fenómeno social denominado “moratoria de la juventud”, es decir, la postergación de responsabilidades sociales “convencionalizadas”, como “la madurez”, “la adultez”, “el matrimonio procreación”, a fin de pertenecer a la categoría social de ser joven: “La juventud se presenta entonces, con frecuencia, como el período en que se postergan la asunción plena de responsabilidades económicas y familiares”.
Como se puede apreciar todo esto tiene una marcada intencionalidad de despojar a los jóvenes y menos jóvenes de su responsabilidad social ante el trabajo y el consumo racional. Otros problemas mediadores de la relación trabajo – consumo en el mundo actual son los siguientes: el tráfico de personas, la pornografía y prostitución infantil, la explotación del trabajo infantil, el tráfico y consumo de drogas y estupefaciente, la corrupción y el deterioro medioambiental. Aspectos que seguramente podrán ser ampliados en próximos trabajos. Al cierre de este, podemos decir: el trabajo y el consumo forman una unidad dialéctica como partes integrantes de la cadena productiva; en las condiciones actuales de la economía mundial ha sido degradado el trabajo como cohesionador de la sociedad, actividad vital y derecho inalienable del ser humano, por lo cual se hace urgente recuperar su valor económico, social, ético, estético y jurídico; la exaltación del consumo, elevándolo a la máxima expresión del consumismo ha causado fenómenos nocivos para la convivencia humana; de todo ello, el responsable es el sistema capitalista que con el fin de maximizar las ganancias para sus empresas transnacionales impone al mundo un sistema de valores que carecen de universalidad y humanismo; para hacer frente a esta problemática se requiere de estrategias globales donde se articule la educación ética y estética de la personalidad en aras de construir un mundo mejor.
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